La inteligencia artificial le da al estudiante la apariencia de comprensión sin el peso de la experiencia. En Colombia, no tenemos cómo detectar la diferencia.
Una ensayista del New York Times propone tratar la IA como la cábala judía: no entregarla a una mente que todavía no se ha formado. El argumento filosófico es provocador. El problema pedagógico que señala es urgente y Colombia no lo está discutiendo.
Imagen: BlogGDSAS
Hay una frase de Debbie Millman, ensayista invitada del New York Times, que llevo días pensando desde que la leí. La escribió en los comentarios de su propio ensayo, como si el cuerpo del artículo no hubiera sido suficiente para decirla con la contundencia necesaria:
"La inteligencia artificial proporciona la apariencia de comprensión sin el peso de la experiencia, y porque su lenguaje llega de forma instantánea y obediente, puede sentirse menos como una herramienta y más como sabiduría."
La apariencia de comprensión sin el peso de la experiencia. Eso es. Eso es exactamente lo que veo en el aula y no tenía nombre.
El ensayo que provocó la frase
Millman publicó en el New York Times un ensayo de opinión titulado "Si tienes más de 40 años, estás listo para usar la IA", una propuesta que suena extrema hasta que uno lee el argumento completo. Ella parte de una práctica de la tradición judía: la cábala, ese sistema de conocimiento místico sobre el que existe una advertencia antigua — no estudiarla antes de los 40, porque se necesita haber vivido lo suficiente para soportar lo que revela.
Su argumento no es que la IA sea peligrosa como la cábala ni que haya que prohibirla. Su argumento es que hay formas de conocimiento que requieren madurez previa para ser aprovechadas, y que en nuestra urgencia por dar acceso a todo de inmediato, estamos ignorando una condición fundamental: antes de que alguien use una herramienta que piensa por él, ese alguien debería saber lo que se siente pensar por sí mismo.
El verdadero riesgo no es la trampa
Lo que Millman señala va más allá del debate sobre la trampa académica. Ella lo dice con claridad: "La trampa es el problema más visible y el menos interesante." El riesgo profundo es otro.
Existe algo que ella describe como "la cualidad adictiva" de la IA — no porque produzca placer sino porque elimina un tipo particular de dolor. El dolor de la página en blanco. El dolor del primer borrador torpe. El dolor de buscar las palabras exactas para una idea que todavía no tiene forma. Ese dolor, escribe Millman, "es donde el estudiante aprende algo que probablemente nunca aprenderá de ninguna otra manera."
Un estudiante que usa IA para escribir antes de haber aprendido a escribir con dificultad, nunca sabrá lo que es sentarse con la confusión el tiempo suficiente para que la confusión le enseñe algo. Y la confusión, dice Millman, "es un estado necesario en el que las personas aprenden a pensar por sí mismas."
Lo que yo veo en el aula — y lo que los lineamientos del MEN no contemplan
He tenido estudiantes que me entregan resúmenes impecables de textos que no leyeron. El resumen está bien escrito, tiene estructura, tiene coherencia. Pero cuando hago una pregunta que no estaba en el texto sino entre líneas — una inferencia simple, una consecuencia lógica — el estudiante no puede responder. Porque no hubo lectura real. Hubo simulación de lectura.
Eso es lo que la frase de Millman nombra con precisión: la apariencia de comprensión. Un producto lingüístico que se parece a la comprensión pero que no tiene el sustrato cognitivo que la comprensión real requiere. Y lo más inquietante no es que el estudiante engañe al maestro — es que puede estar engañándose a sí mismo sin saberlo.
Los lineamientos curriculares del MEN de 1998 describen la lectura como un proceso de construcción de significado. Hablan de inferencia, de metacognición, de interacción entre el texto y el lector. Todo eso es correcto y sigue siendo válido. Lo que no tienen es ninguna herramienta para detectar cuando ese proceso fue reemplazado por un simulacro. Porque en 1998 no existía el simulacro.
La mente formada puede discutir con la máquina. La mente en formación no sabe la diferencia.
Millman hace una distinción que me parece central para pensar la educación colombiana hoy: "Una mente formada puede discutir con la máquina, rechazar su pulido falso y reconocer cuándo el lenguaje que produce para redescribir el mundo se ha vuelto demasiado suave o sin alma. Una persona sin formar puede no saber la diferencia."
Un docente con veinte años de experiencia puede usar ChatGPT para estructurar una clase y detectar cuando la propuesta de la IA es genérica, superficial o incorrecta para su contexto. Puede tomar lo útil y descartar lo que no sirve, porque tiene el criterio para distinguirlos. Un estudiante de catorce años que todavía está construyendo su criterio no tiene ese filtro.
Y como lo muestra el estudio del Pew Research Center publicado en febrero de 2026, el 54% de los adolescentes estadounidenses ya usa chatbots para sus tareas escolares. La herramienta no espera a que el criterio esté listo.
Un problema pedagógico que Colombia no está discutiendo
El ensayo de Millman es una propuesta imposible como política pública — ella misma lo reconoce. No podemos esperar a que los estudiantes tengan cuarenta años para darles acceso a la IA. La tecnología ya está en el bolsillo de cada uno de ellos.
Pero la imposibilidad de la regla no hace el argumento inútil. A veces una regla vale no porque pueda aplicarse sino porque revela lo que una cultura considera importante. Y la pregunta que Millman plantea es la que Colombia debería estar respondiendo ahora mismo: antes de darle acceso sin restricción a una herramienta que puede pensar por ellos, ¿les estamos enseñando a pensar por sí mismos?
Esa pregunta no está en los lineamientos del MEN de 1998. No estaba en el horizonte de ningún documento educativo colombiano hasta hace muy poco. Y hoy, cuando la herramienta ya llegó, seguimos sin un marco pedagógico para responderla.
La apariencia de comprensión sin el peso de la experiencia ya tiene dirección IP. Funciona en cualquier celular con acceso a internet. Y el aula colombiana todavía no sabe cómo llamar a lo que está pasando.
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