Colombia lleva 19 años enviando docentes a aprender tecnología educativa en Corea. En 2026 irán 17. El sistema tiene 830.000 maestros.
El programa ICT Training for Colombian Teachers existe desde 2006: cooperación entre el MEN y el gobierno de Corea del Sur para formar docentes colombianos en uso pedagógico de tecnología. Es un programa serio, continuo y valioso. También es la radiografía más clara del problema que no ha resuelto: Colombia lleva dos décadas aprendiendo del mejor sistema educativo del mundo en cuentagotas.
Desde 2006, cada año, un grupo de docentes colombianos viaja a Incheon, Corea del Sur, para formarse durante 14 días en uso pedagógico de tecnología. El programa se llama ICT Training for Colombian Teachers y opera bajo KLICK — Korean Cooperation for E-Learning Improvement — un acuerdo de cooperación entre el Ministerio de Educación de Colombia y el Ministerio de Educación de Corea, con la Oficina Metropolitana de Educación de Incheon como contraparte directa.
En 2026, la convocatoria abrió en febrero con 17 cupos. Los seleccionados trabajarán en tres líneas: inteligencia artificial aplicada a la educación, programación y pensamiento computacional con impacto territorial, y comunicación pública de la ciencia. Regresarán certificados y comprometidos a diseñar y transferir una unidad didáctica mediada por TIC en sus instituciones.
Es un programa serio. Diecinueve años de continuidad sin interrupciones es, en sí mismo, un logro de política educativa en un país que cambia de gobierno cada cuatro años.
También es el retrato más preciso del problema que todavía no tiene solución.
La matemática que no cierra
Colombia tiene aproximadamente 830.000 docentes en el sistema educativo oficial. El programa ICT Corea ha formado, en 19 años, un promedio de entre 17 y 21 docentes por año. En el mejor escenario acumulado, el programa ha tocado directamente a menos de 400 maestros en casi dos décadas.
Eso es el 0,05% del cuerpo docente.
Los docentes que regresan de Corea se convierten en líderes de transformación digital en sus instituciones. Ese efecto multiplicador es real — un docente formado puede impactar a decenas de colegas y a cientos de estudiantes. Pero incluso multiplicando generosamente, la escala del programa y la escala del problema no se encuentran.
Corea del Sur no construyó uno de los mejores sistemas educativos del mundo enviando 17 maestros a aprender tecnología en otro país cada año. Lo construyó transformando sistémicamente la formación de todos sus docentes al mismo tiempo.
Lo que Corea hizo — y que no es transferible por viaje
En PISA 2022, Corea obtuvo 527 puntos en matemáticas, 515 en lectura y 528 en ciencias. El promedio de la OCDE es 472, 476 y 485, respectivamente. Colombia, en el mismo ciclo, mostró resultados donde solo el 29% de sus estudiantes alcanza el nivel mínimo de competencia en matemáticas.
La diferencia no es tecnológica. Es estructural.
El sistema educativo coreano invierte en la formación docente como condición de base, no como programa de élite. La tecnología en las aulas coreanas funciona porque los docentes la aprendieron en su formación inicial, la practican con soporte institucional continuo, y trabajan en un entorno donde la innovación pedagógica no depende de que un maestro en particular haya ganado un cupo en una convocatoria internacional.
En Colombia, el 22% de los docentes tiene formación formal en uso pedagógico de tecnología — dato que reveló el Observatorio UNESCO de IA en Educación lanzado en abril de 2026. El programa ICT Corea existe precisamente porque esa formación no está garantizada en el sistema. Es un parche bien diseñado sobre un hueco estructural.
El valor del programa — y lo que le falta para ser estrategia
Nada de esto invalida el programa. Al contrario: 19 años de continuidad son 19 años de docentes colombianos que volvieron transformados, que replicaron lo que aprendieron, que demostraron que otro modelo pedagógico es posible dentro de las mismas aulas y con los mismos recursos. Eso tiene valor real y no debería desaparecer.
Lo que le falta es un segundo nivel que el programa por sí solo no puede generar.
El primero es la sistematización de lo que aprenden quienes regresan. Cada docente que vuelve de Corea produce una unidad didáctica mediada por TIC. ¿Dónde quedan esas unidades? ¿Están disponibles para los 830.000 docentes que no viajaron? ¿Existe un repositorio público, actualizable y clasificado por área y nivel, donde cualquier maestro colombiano pueda acceder al conocimiento que sus colegas trajeron de Incheon? Si existe, no es de fácil acceso. Si no existe, el programa pierde la mitad de su potencial cada año.
El segundo es la integración del modelo coreano en la formación inicial docente. Corea no espera a que sus maestros estén en ejercicio para formarlos en tecnología — los forma antes de que entren al aula. Colombia forma sus docentes en facultades de educación que en muchos casos no han actualizado sus currículos al ritmo de la transformación digital. Llevar lo aprendido en Incheon a los programas de licenciatura es el salto que convertiría un programa de 17 cupos anuales en una reforma con escala real.
La cooperación con Corea es uno de los activos más consistentes de la política educativa colombiana en las últimas dos décadas. El desafío no es defenderla — es usarla como palanca para algo más grande que un viaje de 14 días al año.
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